jueves, 4 de febrero de 2010

Capítulo 1

Dos Chevrolets Tahoma negros se alejaban de Varsovia . Se dirigían hacia una concurrida casa en la pequeña ciudad dormitorio de Pruszków.
En uno de los coches iba un grupo de empresarios españoles. En el otro un grupo de polacos, entre los cuales se encontraba Eduardo Nowak, el único de entre ellos que tenía sangre española, el artífice de aquel encuentro y de la empresa de importación de frutas y verduras que iban a fundar todos juntos.
Y, ¿qué crees?, le preguntó uno de sus compañeros. ¿Quiénes son mejores en la cama las polacas o las españolas?.
Eduardo sonrió, era una pregunta trampa. Si decía que las polacas no le iban a creer, las españolas tenían fama de ser mucho más fogosas y apasionadas, si contestaba que las españolas iba a comenzar una discusión estúpida en la que todos los demás le enumerarían las increíbles cualidades de las autóctonas.
- Las polacas, contestó, son más esbeltas, más altas de ojos claros, tienen las piernas largas y bien formadas y siempre están dispuestas a hacer el amor. Las españolas, en cambio, son más bajitas y voluptuosas, tienen el culo más bonito y por lo general las tetas más grandes aunque sus modales son demasiado directos para los polacos pero si hay algo que saben hacer bien es follar.
- Pero bueno, ¿Cuáles son las mejores en la cama?.
- Hombre depende, dijo dándose tiempo para pensar en como salir del paso. Si es con las luces apagadas las españolas pero con las luces encendidas no hay como las polacas.
El grupo entero estalló en risas. Tardaron un tiempo en volver a la calma, eso a pesar de que estaban todos bastante excitados.
Eduardo, se regocijó en el estupendo efecto de sus habilidades sociales. Se imaginó sentado en el coche de los españoles diciendo “Si es para mirar, las polacas son mejores, pero si es para tocar, no hay ni punto de comparación con las españolas” y el efecto hubiera sido el mismo.
Cada uno se iba haciendo una idea de lo que iba a encontrarse cuando entraran en el local. No todos estaban contentos ni todos habían aprobado la idea de celebrar de aquella manera la firma del último contrato de cooperación pero Eduardo ya había hecho aquello antes y sabía que si las chicas eran tan guapas como le habían prometido todas las reservas morales de los más conservadores se desmoronarían al verlas desnudas. No había nada que cementara mejor una relación entre hombres que una buena orgía en un burdel de lujo y con los españoles si se quería hacer buenos negocios primero había que ser buenos amigos. Dado que ni sus compañeros polacos hablaban español ni los españoles polaco y que nadie allí hablaba inglés lo único que podría unirles era hacer todos el ridículo juntos correteando desnudos tras de chicas que se dejarían atrapar a la primera de cambio y compartir litros de vino y vodka.

Cuando llegaron al patio aparcamiento se bajaron, elegantes y comedidos los polacos, intentando disimular su excitación mientras observaban atónitos al bullicioso grupo que bajaba del segundo coche. Los españoles bromeaban y se reían a gritos, se comportaban como niños a ojos de los polacos. El grupo polaco había descendido de su Chevrolet en orden, primero el jefe y después los empleados mientras que el grupo español parecía haberse lanzado en tropel por las tres puertas que se abrieron las cuatro a la vez.
Como esperaba Eduardo, nada más entrar, ante la vista de las hermosas muchachas que paseaban por la sala principal de aquel burdel, bien ligeras de ropa, las diferencias culturales desaparecieron por completo.
Eduardo había tenido una abuela española. Una vieja republicana huida del régimen franquista que se refugió en los brazos de un alto funcionario del partido comunista de aquel país y que cuidó de su nieto cuando sus padres murieron, inculcándole el amor a un país lejano y, para la mayoría de la gente que conocía, exótico.
El amor a España lo compaginó tan bien con los negocios que cuando entró en la cadena de supermercados Bomi comprendió el enorme potencial que tendría poder salvar las barreras culturales que separaban a ambos pueblos, particularmente en la importación de frutas y verduras y como nadie ideó aquella empresa de la que sería él no el director o el presidente pero si la pieza clave.
Con el ánimo encendido por el éxito y la cabeza llena de ideas para su futuro entró Eduardo siguiendo a sus compañeros polacos y encabezando al grupo español.
La estancia contaba con una gran plataforma circular en el centro de la cual un poste metálico ascendía hacia el techo. Alrededor de la plataforma que se elevaba a la altura de sus cabezas un hueco a modo de foso y una barra de bar que formaba el circulo externo ante el que estaban todos sentados. La sala era muy grande y estaba repleta, no de mesas como hubiera cabido esperar sino de camas redondas, de montones de cojines, de pequeñas mesitas por todas partes con copas y botellas sobre ellas y de sillas cerca de las camas.
Eduardo había explicado a todos que aquel local no contaba con habitaciones lo cual era mentira pero que la belleza y la prestancia erótica de las chicas suplía cualquier molestia, lo cual, como pudieron comprobar los asistentes, era absolutamente cierto.
No tardaron mucho en aparecer las tan esperadas prostitutas y a pasearse alrededor de la barra acercándose a hablar con sus potenciales clientes. Para sorpresa de los españoles había muchas que hablaban su idioma, las había, de hecho que hablaban hasta cinco lenguas pero no era su nivel cultural lo que ellos bienvenían. Pronto empezaron a separarse parejas hacia las camas. Entonces era cuando descubrieron para qué servían las sillas. Las chicas solícitas desnudaban a los hombres dejando la ropa bien dobladita sobre ellas o en el respaldo para terminar quitándose alegremente lo poco que llevaban y tirarlo por ahí.
Eduardo contemplaba aquel panorama como si de un director de orquesta se tratase, pero uno especial, uno que sólo se preocupara de organizar la disposición de los músicos y de mover un par de veces la batuta, lo suficiente para que empezasen todos a la vez y cojan el ritmo juntos para después dejarles tocar a su aire, convencido de que lo harían mejor que siendo dirigidos.
Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que sólo él y un hombre maduro sentado a su lado eran los únicos que no se revolcaban desnudos por las camas. Era el director de una de las mayores empresas andaluzas exportadoras de fresas. Eduardo lo conocía muy bien. El otro habló con un profundo acento andaluz mientras sostenía en su mano un cubata, con aspecto indeciso como sin saber si beber o hablar.
- Haces bien en no participar de la orgía. Estas cosas son muy peligrosas.
- No hombre, ni hablar, estas chicas sólo hacen el amor con preservativo y además pasan exámenes médicos cada tres meses.
- Veo que sabes del tema. Entonces no es que no participes por escrúpulos.
- No. ¡qué va!. Me debo conocer la mitad de los burdeles de Varsovia. Mi sangre española, ya sabes.
- Ja, ja, ni falta hace que me lo cuentes. Yo a tu edad era un fiera, que te voy a contar, pero ahora, con los achaques.
- Pues entonces, porqué dices que es peligroso. Parece que tu también te lo has pasado bien en tus tiempos, ¿no?
- Ah, amigo. He visto a más de uno enamorarse de una puta y te diré una cosa. Esas chicas, a veces se enamoran de los clientes pero muchas veces tienen a la mafia detrás y he visto a más de uno acabar muy mal, no por las chicas, que son muchas veces de lo más inocentes sino por los desgraciados que los manejan.
A Eduardo le sorprendía esa capacidad tan española de ponerse trascendental cuando bebían unas copas de más. Los polacos se pasan la vida escondiendo sus emociones como si revelarlas les hiciese vulnerables y cuando beben se liberan de ese corsé social, bailan hablan a gritos, bromean y se divierten como se esa fuese a ser la última fiesta de sus vidas. Ningún polaco se pone a filosofar estando bebido pero los españoles si, no todos, desde luego, pero siempre había alguno en la fiesta que lo hacía y a nadie le parecía raro, incluso era probable que otros, que hasta entonces hubieran estado bailando y riendo dejaran la diversión y se unieran a la tertulia, pero ¿porqué? ¿es que algo les impedía hacerlo estando sobrios?.
- Puede que no tenga tus años pero ya estoy bastante curtido. A mí eso no me pasaría.
- Dime, ¿Alguna vez te ha engañado una mujer?, ¿Sabes ya lo que se siente cuando te ponen los cuernos?.
Eduardo tenía ya veintiocho años y aunque había tenido muchas relaciones no podía decir que le hubiesen engañado. Había simultaneado relaciones con chicas que, a su vez, salido con otras personas al mismo tiempo, pero no se había sentido engañado. Algunas con las que tuvo historias bastante superficiales le dejaron por otros pero no se sintió abandonado.
- Creo que no, pero ¿qué tiene eso que ver?. He conocido montones de mujeres, dentro y fuera de los burdeles. ¿Cómo no voy a estar curtido?
El empresario andaluz ya no le escuchaba. Miraba absorto a la chica que bailaba en la barra. Era alta, delgada pero con unos preciosos pechos que de ninguna manera podían ser artificiales. Su melena larga, negra, iba recogida en una coleta que movía al girar como si tuviese vida propia. Su piel era blanquísima, la luz se reflejaba en ella como en porcelana. Llevaba un tanga tan oscuro como su pelo. Este resaltaba la perfecta forma de sus nalgas y, a diferencia de las otras chicas bailaba sin tacones. Se movía, ora, con una suavidad tal que hacía pensar que iba a acabar parando el mismísimo tiempo, ora con la rapidez y flexibilidad de una tigresa. Eduardo también se quedó extasiado. En un momento le pareció oír a su compañero que le comentaba “Ya te lo había dicho”. Se giró y le miró. El hombre estaba boquiabierto mirándola. No iba a tardar mucho en gotearle la baba sobre la barra. Entonces se dio cuenta de que él no podía haberle hablado y de que el tiempo verbal correspondía a algo dicho en un pasado remoto. Volvió entonces a mirar a la chica que, justo en aquel instante realizaba un giro a una velocidad imposiblemente lenta alrededor de la barra vertical, descendiendo en espiral mientras se agarraba con una pierna y la otra, extendida, terminaba su trayecto mostrándole la planta del pié. La chica le miró a los ojos y sonrió al tiempo que soltaba la coleta y liberaba su melena. Era una sonrisa dulce, que armonizaba maravillosamente con sus facciones ovaladas a la vez que mostraba el blanco de sus dientes y esto contrastaba con la espesa negrura de su pelo. Pero eran sus ojos lo que le tenían paralizado. Una llamarada recorrió sus entrañas. El deseo de poseerla, de hacer suya a la dueña de aquellos ojos incendiarios, de aquel cuerpo felino, era sobrecogedor. Entonces volvió a oír la frase “Ya te lo había dicho” y supo que estaba atrapado. Si ella se le acercaba él haría todo lo que le pidiera.
La chica del pelo negro recogió el sujetador que había tirado al suelo y se bajó por una escalerilla al otro extremo de la barra. Por un momento dejó de verla. Sintió como si le hubieran dejado entrever el paraíso a través de una puerta semiabierta para, de pronto cerrársela en las narices. Pero no tardó mucho en volver a aparecer.
Eduardo supuso que ella se habría cambiado en alguna sala contigua a la principal porque llevaba un vestido negro de látex. Vio como se acercaba desde lejos esquivando a los sobones que se levantaban de sus camas para pedirle que hiciera el amor con ellos. Se movía con tal gracia que los hombres no llegaban ni siquiera a tocarla, los evitaba de tal manera que parecía repelerlos como un imán repele a otro del mismo signo. Se dirigía directamente a él y lo hacía sin dejar de mirarle ni por un instante. A medida que se acercaba, sentía como la intensidad del deseo se hacía insoportable. Tenía también miedo, miedo, en parte a no ser capaz de articular palabra, pero más un temor punzante como el que se siente al poner los pies en el borde de un precipicio y mirar hacia abajo. Ella estaba allí en el fondo, estirándole con más fuerza a medida que se acercaba. Y él iba a caer.
La chica llegó y se sentó a su lado en la barra. Al hacerlo dejó de mirarle, como si ya no le interesara y pidió un champán. Eduardo conocía el juego. Estaba conminándole a que la sedujera.
Puede parecer absurdo que una prostituta requiera que la seduzcan en un burdel, pero Eduardo estaba demasiado anonadado como para planteárselo. Era algo que sabía hacer tan bien como aquellos que dicen que serían capaces de hacer algo hasta con los ojos cerrados. Incluso cegado por el deseo sabía lo que tenía que hacer.
- Si no te importa te invito yo, le dijo.
- Ni mucho menos, contestó ella mostrándole aquella deslumbrante sonrisa.
Eduardo llamó al camarero que, había permanecido de pie ante ella tras servirla. El hombre ya había previsto la contingencia y, de todas formas no tenía ningún cliente más así que rápidamente sacó una copa y le sirvió champán.
- Pensaba que eres español. Te he oído hablar con ese señor a tu lado.
- Y, ¿entendías lo que decíamos?.
- Sólo un poco. Yo hablo pequeño español.
Eduardo se rió cariñosamente.
- Encantado te daría clases de perfeccionamiento.
- Seguro que serías un buen maestro, le dijo devolviéndole la sonrisa.
Increíblemente se quedó sin palabras. No se le ocurría que decirle. De pronto, de todo su repertorio mil veces ensayado y otras tantas corregido con la práctica, no podía encontrar ni una sola frase que no sonase estúpida, artificial, pretenciosa o patética. Su mirada le tenía clavado. Sentada en el taburete giratorio de cuero rojo había dirigido sus piernas cruzadas hacia él, de manera que casi podía tocar sus rodillas sin extender las manos, que tenía con las palmas juntas y los dedos apuntando a sus muslos. ¿Era eso lo que ella quería que hiciese?. Después de todo estaban en un burdel, pero ella había comenzado el juego de la seducción, si lo hacía rompería las reglas y quizás se acabaría todo.
Fue ella la que encontró la salida al impasse. Se inclinó hacia él y le preguntó:
- Antes de venir me dijeron que necesitaban chicas que hablaran algo de español, por eso estoy aquí, pero no nos dijeron a que os dedicáis.¿Qué es lo que haces?
- Soy el director de una empresa hispano polaca de importación de frutas y verduras.
Lo dicho era una mentira pero era mucho más fácil que explicar su función de mediador entre dos grupos de empresarios de diferentes nacionalidades e impresionaba más.
- Debes de viajar mucho, entonces.
- Si, dijo sintiéndose un poco más relajado, pero me encanta estar a caballo entre dos culturas tan diferentes como la polaca y la española.
- Te comprendo muy bien. Yo misma estoy a caballo entre Ucrania y Polonia.
- Y un poco España, sino no habrías estudiado español.
Ella se rió de buena gana. Al hacerlo giró rozándole las manos con sus rodillas.
- El porque de que hable español es una historia muy larga.
- ¿no podrías hacer un resumen?.
- ¡Uy!, no, de ninguna manera, y aunque pudiese seguro que te aburriría, no es para nada interesante.
- Bueno, pues..
- Me encantaría viajar a España. Nunca he estado, pero he oído mucho hablar de Ibiza, Lloret de Mar, Mallorca.
- Eso son zonas turísticas, no España.
- Pero están en España, ¿no?.
- Si, pero si lo que quieres es tomar el sol da igual ir a Ibiza que a Creta o Sicilia. Las playas, los hoteles y los restaurantes son iguales.
- Seguro que tu podrías enseñarme lugares más interesantes, ¿a que sí?.
- Ni lo dudes.
- ¿Porqué no me tocas un poco?. No muerdo.
Eduardo puso sus manos sobre sus muslos. La sensación era deliciosa. Ella estaba inclinada hacia él así que para besarla sólo necesitaba girar un poco su cara. Cuando lo hizo ella se apartó.
- Nada de besos.
Eduardo se sintió contrariado. Sabía que a las prostitutas no les gusta que las besen en la boca pero, en su atolondramiento se le había olvidado con quién estaba hablando.
- Perdón, dijo él.
- No, hombre, no te preocupes, dijo con dulzura. Nada de besos en público. Vamos a un lugar privado y más tranquilo. Aquí hay mucho jaleo.
Miró a su alrededor. Siguiendo sus instrucciones los grupos de polacos y españoles estaban mezclándose arrastrados por las chicas que jugaban con ellos a compartirse e intercambiarse. Lo que no comprendía mientras seguía hipnotizado los pasos de aquellas piernas increíblemente largas y bien proporcionadas, era como podía romper ella la orden que él mismo dio al gerente de aquel club de que nadie supiera que había dormitorios tras las cortinas que, oportunamente, se habían colocado disimulando las puertas. Acaso ella sabía quién era él desde el principio. Quizás se la habían enviado en agradecimiento. Las dudas se rompieron cuando, a pocos pasos de la cortina roja apareció un alto y fornido albino con pinta de hacer halterofilia tres horas al día y de no haberle crecido jamás ni una brizna de pelo sobre el cráneo.
- ¿A dónde van?, dijo bloqueándoles el paso.
- Está bien. Soy Eduardo Nowak. El organizador de esta fiesta, déjenos pasar.
- Un momento.
El gigante acercó su boca a la solapa, dijo algo en ruso y esperó unos segundos sin dirigirles la mirada ni cambiar de posición.
- De acuerdo, adelante, dijo apartándose de su camino.

Cuando salió de allí, acompañado por sus agotados pero felices colegas, más que andar fluía.
Durante el camino de vuelta a Varsovia los recuerdos de las horas pasadas en compañía de Magdalena Petrova, la ucraniana de veintidós años que acababa de estremecer su mundo, le devolvían al pasado, apartándole de los socarrones comentarios de sus colegas. Todos estaban demasiado ensimismados en compartir sus vivencias como para darse cuenta de que uno de ellos no participaba. Mientras Paweł comentaba como había estado discutiendo con Pablo por una chica, hasta que ella les hizo notar que se llamaban igual, Eduardo, lejos de todo aquello, recordaba las caricias de Magdalena. Mientras estallaban las risas al aclarar Paweł que, cuando decidieron compartirla de forma salomónica, la mitad para uno y la mitad para el otro, comenzaron a discutir de que mitad iba a disfrutar cada uno, Eduardo recordaba la voz suave de Magdalena hablándole al oído, describiéndole lo que sentía al deslizarse lentamente sobre su cuerpo.
Había conocido a muchas mujeres, casi todas ellas le habían atraído por su belleza, pero siempre había habido algo más, o bien una sensualidad prometedora, o porque tenían un encanto único, las hubo incluso que le fascinaron por su elegancia, porte o inteligencia, se enfrascó en todo tipo de relaciones, desde las más turbulentas que, aunque agotadoras, siempre le dejaban el agridulce resabio de querer más, hasta la clásica relación prematrimonial que le dejaba con la sensación de haber aprendido ya demasiado de las mujeres ¿Qué hubiera pasado si él también se hubiese entregado?. ¿Cómo hubiesen sido aquellas relaciones?. Aunque la mayoría de veces no había una sola cosa que le atrajera de alguien sino una mezcla, casi siempre era el tedio y la rutina lo que le empujaba a separarse de ellas. En cualquier caso, nunca había conocido a alguien que reuniera todas las cualidades que él amaba, en una intensidad tal que le obligara a adorarla como él había adorado a Magdalena en aquella habitación de burdel. Le pertenecía desde que la vio bailando, hipnotizándole con su piel, con sus caderas, con el ondulante movimiento de sus piernas y brazos al girar y lo esclavizó cuando clavó aquellos ojos que no había podido dejar de ver ni mientras hacía el amor con ella.
Cerraba los ojos y veía los suyos.

PRÓLOGO

La historia que se dispone usted a leer me fue muy sucintamente relatada por un conocido. El relato que me hizo duró tan sólo unos diez minutos, tiempo que pasé estupefacto desde el principio hasta el final absorbiendo todas y cada una de sus palabras. A pesar de mi insistencia, mi interlocutor no quiso contarme más por prudencia, había muchas personas cuya vida se podía ver truncada si la información relativa a los protagonistas se hiciera pública. De manera que salí de aquel encuentro con la imaginación enfervorecida, deseando saber más. Había recibido el esqueleto raquítico y descalcificado de una historia y no era suficiente para mí. No podía conocer a los personajes, no me estaba permitido y tampoco quería arriesgar la vida de nadie para satisfacer mi curiosidad. ¿Qué podía hacer?
Durante meses sentí la necesidad de darle consistencia a aquella cosa, de darle músculos piel e inteligencia a aquellos huesos blanquecinos
Este libro que apenas ha comenzado usted a hojear es un animal creado para seducir, al que yo he dado vida, he alimentado y le he dado su forma definitiva para que salga a buscar cobijo en su imaginación, estimado lector, para que cuando estas páginas lleguen a sus manos él se haga un hueco en ella, como un día lo hizo en la mía, cautivándola, haciéndole a usted a leer hasta el final con la avidez con la que yo escuché a mi interlocutor durante aquellos diez sorprendentes minutos.