La historia que se dispone usted a leer me fue muy sucintamente relatada por un conocido. El relato que me hizo duró tan sólo unos diez minutos, tiempo que pasé estupefacto desde el principio hasta el final absorbiendo todas y cada una de sus palabras. A pesar de mi insistencia, mi interlocutor no quiso contarme más por prudencia, había muchas personas cuya vida se podía ver truncada si la información relativa a los protagonistas se hiciera pública. De manera que salí de aquel encuentro con la imaginación enfervorecida, deseando saber más. Había recibido el esqueleto raquítico y descalcificado de una historia y no era suficiente para mí. No podía conocer a los personajes, no me estaba permitido y tampoco quería arriesgar la vida de nadie para satisfacer mi curiosidad. ¿Qué podía hacer?
Durante meses sentí la necesidad de darle consistencia a aquella cosa, de darle músculos piel e inteligencia a aquellos huesos blanquecinos
Este libro que apenas ha comenzado usted a hojear es un animal creado para seducir, al que yo he dado vida, he alimentado y le he dado su forma definitiva para que salga a buscar cobijo en su imaginación, estimado lector, para que cuando estas páginas lleguen a sus manos él se haga un hueco en ella, como un día lo hizo en la mía, cautivándola, haciéndole a usted a leer hasta el final con la avidez con la que yo escuché a mi interlocutor durante aquellos diez sorprendentes minutos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario